Las noches que hacen daño no pasan nunca. Así es, he leído,
escrito, paseado, he dado mil y una vueltas en mi cama, he intentado engañar al
tiempo y hacer que pase rápido sin éxito ninguno. He sentido que los minutos se
agarraban de mi colchón haciendo eterna la noche.
Llevo días en los que Morfeo no llama a mi puerta y me
abandona a la oscuridad, al silencio y a la soledad de la noche. O no, quizás aun
peor. Me abandona dejándome como única compañía a mis consejeros, eternamente
enfrentados entre ellos. Mi razón y mi corazón.
He inventado en esta noche cientos de historias. Historias
completas e inconclusas. Historias alegres, felices. Historias que empiezan
bien y acaban mal. Historias bonitas de principio a final. Historias contadas,
vividas, historias soñadas. Historias de dos. Historias de amor.
Y siempre me quedo estancada en el mismo punto, en la misma
historia. Tú, yo y mis dudas.
He cerrado los ojos y me he vuelto a encontrar frente a ti, cegada
con esa luz que pareces desprender, huyéndote pero siempre de tu mano. Corriendo, sí. Pero
tras de ti.
Sabiendo que no me haces bien y que tarde o temprano el
ciclo volverá a comenzar y tú seguirás, como siempre, como si nada, dejándome
sumida en la desesperación de la desconfianza.
Y sin embargo me haces tanta falta que a veces en mis
noches, cuando no estás aquí es como si me costara trabajo respirar. Como si
tuviera un agujero en el pecho y el aire nunca llegara a mis plumones. Y es ahí
donde corazón y razón se enfrentan.
Quererte u olvidarte.
Sigo cada noche estancada en mis dudas. ¿Es mayor mi
angustia cuando no te tengo? ¿O te quiero lo suficiente para soportar el dolor?
Estancada. Siempre. En este mismo punto.
Y vencida por el agotamiento caigo en mis sueños. Volviéndote
a encontrar en ellos. Volviendo a despertar mis dudas. Sumida en un duermevela
que nunca me deja descansar.
Dime Morfeo, ¿Dónde estás?